You can change
o ser otra
La canción que más me ha enganchado en este final de 2025 tiene para mí algo mágico, como los mantras que se repiten una y otra vez esperando producir un efecto o convocar algo: tiene un final apoteósico y desordenado, su letra es extraordinariamente simple, repite tantas veces que es inverosímil las mismas palabras. You can change, you can change, you can change, you can change, you can change, you can change, you can change, you can change, you can change and still choose me; tiene dos imágenes y las dos son enigmáticas a morir. Como un marinero en un abrigo verde y grande. Como un marinero en un barco verde y grande. You can be free, you can be free and still come home. Es Au Pays du Cocaine, de Geese; todo el disco (Getting Killed) es buenísimo, pero esta canción es otra cosa:
La Navidad nunca ha sido la época más feliz de mi vida. En 2021 vivía en París, hacía mucho frío y estaba pasando un momento regular con mi pareja, con la cual rompí a finales de enero (tras un fin de año algo dramático); en 2022, por varios acontecimientos en mi vida personal, viví durante estas fiestas algunas de las peores semanas de mi vida, me hallaba agotada, arrasada por circunstancias espontáneas de la vida, salvada si acaso por las amistades que me rodeaban y que me cuidaron en esa travesía por el desierto; diría que las de 2023 fueron más relajadas, pero tampoco es que me acuerde demasiado de ellas; en 2024 volví a tener una ruptura a escasos días de la Navidad, sabe Dios si por compulsión de repetición. La semana pasada, en cambio, le comentaba a mi psicoanalista que estaba teniendo una Navidad muy dulce. A pesar de lo desgarrado de la canción, creo que habla, en el fondo, de una forma de esperanza, esperanza arrastrada. Hay algo de libertad en una canción tan triste que repite una y otra vez que se puede cambiar y que puedes ser libre (y pese a todo escoger a alguien, y pese a todo volver a casa); Madrid está lleno de turistas, decoraciones navideñas mejores y peores, pero observarlos con música así en los casos transforma la ciudad en una experiencia algo más agradable, al menos estéticamente más intensa.
Sobre la novela: llevo ya semana y media o dos semanas sin leerla, sin pensar tanto en ella, sin revisar obsesivamente sus páginas, desprendiéndome de las cien mil palabras que han estado en mi cabeza y que a ratos me he sabido de memoria, pudiendo perfectamente decirle a alguien dónde se ubica tal o cual escena, cómo acontece, en ocasiones con párrafos enteros encendidos ocupando mi espacio mental. Es un desprendimiento muy raro. Me estoy forzando a la contención, pero a ratos querría ponerme a escribir ya otra cosa, aparte de las columnas y textitos que por trabajo he de escribir regularmente; escribir es también una forma de procesar el mundo, es lo más cerca que estoy nunca a entender lo que me pasa. Estas semanas, como estoy contenta, me doy cuenta de que mi narración es deficiente. Mis relatos son de pronto muchos menos detallados, una amiga me pregunta qué tal fue tal día o me pide que le describa algo y noto que he estado más ocupada en el presente viviéndolo que acordándome después; está bien también, pienso, me digo, pero cuando largamente ha estado una ofuscada en la escritura es a su vez extrañísimo. Me he liberado de la novela y, extraña magia, me siento distinta. Las historias que imaginé arrastrando eternamente ya no me arrastran, no soy la que era mientras la escribía, así que no soy ni siquiera la que era este último año; soy otra, de pronto.
Pienso con mucha frecuencia (lo citaba el otro día al escribir Sueño de una lengua común) en mi poema favorito de Juan Antonio González Iglesias:
Pongo mi corazón en el futuro.
Y espero, nada más.
De los dos monosílabos prefiero
el más claro, el sencillo, el que despliega
un lienzo en el que todo
podrá ser. El amor
dará firmeza a lo que digo. Estoy
con los que creen sin ver, con los que andan
sobre las aguas. Cuando el mundo entero
o mi mundo se hunden
tantas veces, entonces
algo relacionado con los pájaros
y los lirios me salva.
Entonces tengo todas las palabras.
Sueño palabras. Fluctuat nec mergitur.
Prefiero abril. No sé cómo decirlo.
En una calle estrecha de Venecia
he encontrado una casa con un lema
breve sobre el dintel, inscrito en piedra
hace siglos, legible todavía,
que franquea la entrada. Ancora spero.
Tenemos que elegir. Esa es mi puerta.
Como me recordaba el otro día la amiga y persona querida por la que escribí esa columna, al estado que describe este poema sólo se accede con un alto nivel de oxitocina. Os deseo mucho ese alto nivel en estas fiestas.




Es posible ahondar estando una contenta? Cuando estás en las oscuridades anhelas en cierto modo la luz, y una vez en ella, qué necesaria y lejana al mismo tiempo, se ve la profundidad con la que se percibe todo alrededor.
Tremendo temazo